"Yo nací libre", reclama la bella pastora Marcela desde una peña. Su público está compuesto por pastores, cabreros, un hidalgo viejo que se cree un caballero andante y su escudero. Todos ellos se encuentran por debajo de ella, la miran extasiados, se les olvida llorar por el pastor muerto que, a sus pies, espera a ser enterrado bajo la piedra desde la que Marcela pronuncia un inspirador discurso totalmente inusual en el Siglo de Oro.
Pero, ¿quién es Marcela? ¿Qué hace allí?
Si cogemos nuestro ejemplar de El Quijote y buscamos el capítulo XI de la primera parte, encontraremos a Don Quijote y Sancho recién salidos de la aventura del vizcaíno, rescatados por unos cabreros que los acogerán amablemente y compartirán su comida con los dos viajeros. Durante esta cena, los protagonistas son informados de la muerte de un pastor al parecer muy conocido por esos lares, Grisóstomo, un joven de clase acomodada que un buen día decidió vestirse de pastor y echarse al monte. Grisóstomo conoció entonces a Marcela, otra joven que abandona su vida acomodada para dedicarse al pastoreo. El pastor se enamora de ella perdidamente, pero, como dictan los cánones de la novela pastoril de la época, Marcela lo rechaza y él muere de amor por culpa de su crueldad (traducción: al no poder soportar el rechazo, se suicida) tras escribir un emotivo poema contando sus penas. O eso dicen los pastores, para los que Marcela es todo crueldad, una asesina, un monstruo, un basilisco. Pronto el rumor se corre entre los pastores y otros trabajadores del campo que conocían al desgraciado Grisóstomo, que acuden a llorar a su amigo y condenar la frialdad de Marcela. Los acompañan Don Quijote y Sancho que, por supuesto, no podían perderse tan pintoresca aventura.
Durante el camino, otros pastores relatan a Don Quijote la historia de Marcela. La bella pastora es en realidad una joven de familia acomodada, como Grisóstomo, que decidió dejar su palacio y sus riquezas por el pastoreo. Marcela es huérfana, ha sido criada y educada por un familiar que siempre inculcó a la joven en el valor de la libertad. Así, nunca le impuso nada que ella no quisiese, mucho menos el matrimonio, ya que entendía que al contrario de la costumbre de la época no estaba bien casar a una mujer tan joven y sin su consentimiento. Finalmente Marcela se había cansado de la vida aristocrática y se había vestido de pastora.
Estamos ya en el Capítulo XIV, Grisóstomo yace en el suelo al más puro estilo pastoril, cubierto de flores, esperando a recibir sepultura bajo una peña que él mismo eligió para ser enterrado, la misma en la que le declaró su purísimo amor a Marcela y ella lo rechazó. A estas alturas ya hemos leído al menos tres veces la historia, incluyendo la versión que el propio Grisóstomo dejó escrita en un poema que se lee durante el funeral (a Cervantes le gustaba bastante esto de que cada personaje diese su punto de vista sobre algo). Pero aún falta una versión, una muy importante, diferente al resto y que puede cambiar la opinión de los presentes. Y por eso hace su aparición la otra protagonista: Marcela. Ya desde el momento exacto en el que llega se hace notar y hay que estar atento a los detalles. Los críticos señalan las similitudes entre el episodio de Marcela y una aparición mariana, y al parecer los pintores están de acuerdo, según vemos en la mayoría de las representaciones de Marcela que podemos encontrar.
Marcela se coloca en un lugar elevado, sobre la peña bajo la que Grisóstomo va a ser enterrado, y por encima de todos los asistentes al entierro, todos ellos hombres, que quedan deslumbrados (incluso mudos) al contemplar su belleza. Si buscamos cuadros o grabados que representen la escena, veremos cómo ella suele ser el centro de la imagen, con todos los demás por debajo y mirándola asombrados, normalmente iluminada y hasta señalándose a sí misma o gesticulando en actitud oratoria. Si a continuación buscamos representaciones de apariciones de vírgenes o ángeles, el resultado es muy parecido. Volviendo al texto, al principio los pastores increpan a Marcela su desvergüenza al aparecer en el entierro de aquel al que ella misma "ha matado" con su crueldad. Este es el momento que aprovecha la pastora para comenzar su defensa con un discurso que ha hecho que sea considerada uno de los primeros personajes feministas, como dice José Miguel Lorenzo Arribas, "siglos antes del nacimiento de la primera sufragista". Un discurso que, como señala este mismo autor, "termina de una manera incomprensible en un contexto patriarcal". Efectivamente, hay críticos que señalan la oscuridad del discurso, que es difícil de comprender o lo interpretan de formas más relacionadas con la idea cristiana de virginidad que con la libertad, a pesar de que conociendo la querencia de Cervantes hacia este tema, sería lo más apropiado.
Antes de entrar a analizar el discurso en sí, hay que considerar algunas cosas sobre el contexto literario. Ya hemos visto cómo la puesta en escena ya deja claro quién es la protagonista de la historia, pero si conocemos algo de la tradición literaria del género de la oratoria, entenderemos mejor por qué el discurso de Marcela es tan importante y no solo por lo que dice sino por cómo lo dice.
La oratoria es un género que, al menos en la tradición occidental, se remonta a Grecia y Roma. En la Antigüedad goza de un gran éxito debido a que, en las épocas de democracia, permitía a los ciudadanos expresar sus pensamientos y opiniones. Además, en un juicio, la palabra era una gran gran arma. Pero, ¿quiénes eran los oradores? Evidentemente, en sociedades tan misóginas que la mujer ni siquiera era considerada una ciudadana, era el hombre quien manejaba la palabra. Llegó el cristianismo, luego la Edad Media, después el Renacimiento trajo el diálogo y el erasmismo (que también gustaban a Cervantes), y finalmente llegaron el Concilio de Trento y la Contrarreforma. Después del esplendor humanista del Renacimiento, un pequeño respiro de "libertad" y antropocentrismo, el Concilio de Trento vino para recuperar las viejas costumbres cristianas y con ellas la censura en la literatura. En lo referente a la mujer, se le impusieron rígidas costumbres que la obligaban a contraer matrimonio, ser fiel, estar sometida al padre, hermano, marido o cualquier familiar varón etc. Por supuesto, la mujer no tenía ni voz ni voto en nada. Hasta entonces ni siquiera los erasmistas, que para otras cosas eran bastante opuestos a la Iglesia, tenían buena opinión de la mujer, pero la Contrarreforma le quitó la poca libertad que pudiese haber tenido.
Es en este contexto de silencio forzado de la mujer en el que Cervantes coloca a una pastora en lo alto de una peña, encima de un grupo de hombres que la llaman asesina, y le hace dar un discurso. Y no es cualquier discurso, es uno que tiene características y retórica propias de los grandes oradores clásicos; o sea, algo que era poco menos que una herejía al hacerlo una mujer. Y encima lo hace para defender su libertad, su deseo deseo de ser la única dueña de su vida y sus sentimientos, y su derecho de no depender de ningún hombre, en contra de las costumbres de su época y de los cánones literarios desde el nacimiento del amor cortés. La transgresión no podría ser mayor. Ahora que estamos en contexto, podemos pasar a analizar el discurso a partir de algunas citas.
"Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo." [...] "el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, no forzoso"
La única virtud de Marcela, la única razón para amarla que parecen ver los pastores es su belleza. Sin embargo, ella le da poca importancia. Lo que más preocupa a Marcela es la creencia de los pastores de que solo por ser amada tiene que amar a Grisóstomo. Ella recalca lo contradictorio de esta imposición: no solo le niega la libertad de amar a quien ella quiera y por cualquier razón más allá de la belleza, sino que, en caso de que Grisóstomo no tuviese esa belleza, por esa misma norma, ella no tendría por qué amarlo.
Seguro que este tipo de situaciones os suenan... Para que nos entendamos, si Marcela viviese en la actualidad, este discurso sería una respuesta en el estado de Facebook de Grisóstomo, el pobre nice guy que lloriquea sobre lo malas que son las mujeres que no saben lo que quieren porque la crudelísima bestia Marcela lo ha dejado en la friendzone a pesar de lo amable que ha sido con ella. Y ya de paso, la buena de Marcela dejaría bien clara su opinión acerca del amor romántico y la cosificación de la mujer, que la convierte en un adorno sin cualidades intelectuales, solo para que su belleza sea disfrutada por el hombre.
"Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendido por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca."
"Es que vas provocando", nos dirían hoy en día. Pero la belleza no es consentimiento, como dice Marcela. Ella no tiene la "culpa" de haber nacido con una belleza conforme a un canon estético. Tampoco su físico justifica ninguna clase de comportamiento abusivo hacia ella, que para colmo ni siquiera se aprovecha de esa circunstancia para seducir a los hombres. Simplemente no le interesan ni parece que le vayan a interesar, que se hayan enamorado de ella depende única y exclusivamente de ellos mismos. Como ella misma dice, por mucho que el fuego queme, que la espada corte o que la víbora tenga veneno, de ninguna manera pueden herir a alguien que está lejos. Es más, en una cultura que valora la honestidad (castidad) por encima de cualquier otra virtud femenina, Marcela ve contradictorio que se la obligue a desprenderse de ella cuando su intención es precisamente mantenerla, aunque no por motivos estrictamente religiosos sino por reforzar su individualismo e independencia, al igual que las diosas Atenea y, sobre todo, Artemisa. Más adelante lo vuelve a reafirmar, ella nunca ha amado y tal vez nunca lo haga, pero en cualquier caso, es injusto exigirle que ame, ya que el amor si es forzado no es amor: "El cielo aún no ha querido que yo ame por destino, y pensar que tengo que amar por elección es escusado."
Es algo muy típico en la literatura de todos los tiempos que la mujer sea la culpable de los males del hombre. Somos Pandora, Eva, Helena, las sirenas... Somos portadoras de desgracias personales y públicas, por el simple hecho de ser mujeres. Y si encima somos bellas como Marcela, seducimos y matamos al enamorado al que no correspondemos. Pero Marcela es consciente de que no debe nada a nadie y tampoco piensa disculparse por algo de lo que no es responsable por mucho que su sociedad lo vea así.
"Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos."
A partir de aquí es cuando podemos decir que empieza el discurso en sí. Lo anterior era un prólogo comparado con lo que viene, y Marcela empieza con esta declaración de intenciones tan contundente. La pastora no pide su libertad, sino que la toma ella misma y la ejerce delante de un grupo de hombres que pretenden negarle ese derecho.
El siglo XVII es duro para las mujeres. No hay ninguna libertad para ellas. Sus principales opciones son el matrimonio y el convento. Lo primero significa pasar de estar sometidas al padre, o cualquier varón que estuviese a su cargo, para someterse al marido en todos los aspectos de su vida; lo segundo es en parte un sometimiento y en parte una liberación, al menos intelectual, ya que era una de las pocas formas que tenían de acceder a la cultura. Las actrices llevan una vida algo más libre, lo que sirve como argumento para los detractores del teatro. Y luego está el pastoreo, idealizado por la literatura desde la Antigüedad. Los pastores viven en la naturaleza, lejos de las grandes ciudades, viajando de un lado a otro con sus rebaños... Encarnan el beatus ille. Marcela sabe que, si se queda en la ciudad, sus opciones son más bien reducidas, casi nulas, ya que la sociedad siempre le va a imponer unas normas; en cambio, la vida en el campo, en comunión con la naturaleza y apartada de la civilización, es infinitamente más libre. Para ella el pastoreo no es un disfraz ni un juego de niña rica, como lo es para Grisóstomo, sino un modo de vida. Tiene la compañía de otras mujeres, la naturaleza cubre sus necesidades básicas y además la hace feliz.
"A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad."
Desde la Antigüedad clásica, la vista tiene un papel fundamental en nuestra cultura, y más como referencia amorosa. El enamoramiento se produce al mirar a la persona amada, pero también sucede al contrario, la persona que enamora lo hace por los ojos (hay teorías bastante curiosas sobre esto, relacionadas con la teoría de los humores, según las cuales el enamoramiento se produce cuando nos entran por los ojos unas gotitas minúsculas procedentes de los ojos de la otra persona). De esta forma nacen numerosos tópicos, entre ellos el de la mirada asesina, como la del basilisco. Precisamente este es uno de los insultos que recibe Marcela, de quien se dice que es una fiera y un basilisco, como veremos en otra cita más adelante.
La mirada produce enamoramiento, pero es un enamoramiento tan repentino y ardiente como irracional, pura pasión. Lo que se opone a lo pasional es la razón, el logos griego, cuya máxima representación es la palabra. Marcela no puede controlar su belleza ni las pasiones de los hombres, pero como el lector puede comprobar leyendo este mismo discurso, es más que hábil con las palabras. Por desgracia, estos dones, el razonamiento y la palabra, no son apreciados en las mujeres del siglo XVII; más bien al contrario, la mujer estaba obligada a callar y más delante de los hombres. En el momento en el que una mujer como Marcela demuestra esta capacidad, el enamoramiento se desvanece. Seguro que a estas alturas tendréis en la cabeza esa canción de Mulán ("Mi dulce y linda flor") en la que los soldados van enumerando las características su mujer ideal de forma bastante machista y al llegar el turno de Ping/Mulán, ella sugiere el buen juicio, a lo que sus compañeros responden con rechazo.
Marcela utiliza su capacidad de razonamiento para convencer a los hombres de que ella no necesita a nadie. Como ya ha explicado anteriormente con la metáfora del fuego y la espada que no pueden herir desde lejos, ella misma no permite que quienes se enamoren de ella se hagan ilusiones. No es cruel, no juega con ellos, no los engaña, es sincera en todo momento. Por lo tanto, ante la muerte de Grisóstomo, ella no puede hacer otra cosa que lavarse las manos y defenderse de las acusaciones; no tiene ninguna culpa, ha sido él quien quien, por voluntad propia, decidió no hacer caso de las advertencias de Marcela.
"El que me lama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, que no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá de ninguna manera."
Como ya se ha dicho más arriba, este discurso es, ante todo, una defensa y una declaración de intenciones. Marcela no quiere que se repita lo que le ha pasado a Grisóstomo, no quiere hacer daño a nadie, pero no por ello va a ceder ante los deseos y los insultos de sus amigos. Al contrario, quiere advertirles de que ella sigue siendo firme en sus propósitos. Ella no quiere ser molestada por nadie y no piensa molestar; su única intención es vivir en paz y libertad. Igual que ahora pedimos que se eduque para no acosar en vez de para prevenir ser acosada, Marcela pide que se la deje en paz y se tengan en cuenta sus deseos en vez de insistir en intentar que se enamore, porque eso perjudica a ambas partes.
"Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas. [...] Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera."
Estamos al final del discurso, que Marcela remata de una forma más bien mística. Al principio
ya habíamos dicho que Marcela procede de una familia rica, y todas las riquezas heredadas son suyas, algo que tampoco era nada habitual en su siglo, porque las riquezas siempre o casi siempre estaban a nombre del padre, marido u otro familiar varón. Marcela es rica, podría tener todo lo que quisiese, sin embargo rechaza la riqueza material y se hace pastora para vivir de forma solitaria y pobre, como una ermitaña. Ya decíamos antes que para Marcela el pastoreo no es un juego, no lo hace por vivir aventuras de novela, sino para estar en contacto con la naturaleza como forma de purificación y elevación espiritual, siguiendo la teoría de las moradas de Santa Teresa.
Dicho esto, Marcela se da la vuelta y se va con la misma discreción con la que había llegado. Bajo la peña, todos los asistentes al funeral quedan en silencio, aún impactados por la visión de Marcela. Algunos de ellos se atreven a levantarse en intentar seguirla, pero se detienen. Entonces, Don Quijote se levanta también y declara ante los presentes que Marcela tiene todo su derecho a ver cumplido su deseo, por lo que él, tomándose muy en serio su papel de caballero andante defensor del honor y la libertad, está dispuesto a protegerla de todo aquel que ose molestarla.
Enlaces recomendados:
Todas las citas están tomadas de la edición virtual del Quijote disponible en el Centro Virtual Cervantes. (Capítulo XIV, páginas 2 y 3).
Para ampliar la información sobre el lenguaje simbólico y los recursos retóricos del discurso, recomendamos consultar los diccionarios de símbolos de Cirlot y de Chevalier.
![]() |
| La pastora Marcela de Cecilio Pla. |
Durante el camino, otros pastores relatan a Don Quijote la historia de Marcela. La bella pastora es en realidad una joven de familia acomodada, como Grisóstomo, que decidió dejar su palacio y sus riquezas por el pastoreo. Marcela es huérfana, ha sido criada y educada por un familiar que siempre inculcó a la joven en el valor de la libertad. Así, nunca le impuso nada que ella no quisiese, mucho menos el matrimonio, ya que entendía que al contrario de la costumbre de la época no estaba bien casar a una mujer tan joven y sin su consentimiento. Finalmente Marcela se había cansado de la vida aristocrática y se había vestido de pastora.
Estamos ya en el Capítulo XIV, Grisóstomo yace en el suelo al más puro estilo pastoril, cubierto de flores, esperando a recibir sepultura bajo una peña que él mismo eligió para ser enterrado, la misma en la que le declaró su purísimo amor a Marcela y ella lo rechazó. A estas alturas ya hemos leído al menos tres veces la historia, incluyendo la versión que el propio Grisóstomo dejó escrita en un poema que se lee durante el funeral (a Cervantes le gustaba bastante esto de que cada personaje diese su punto de vista sobre algo). Pero aún falta una versión, una muy importante, diferente al resto y que puede cambiar la opinión de los presentes. Y por eso hace su aparición la otra protagonista: Marcela. Ya desde el momento exacto en el que llega se hace notar y hay que estar atento a los detalles. Los críticos señalan las similitudes entre el episodio de Marcela y una aparición mariana, y al parecer los pintores están de acuerdo, según vemos en la mayoría de las representaciones de Marcela que podemos encontrar.
![]() |
| Historia del pastor Grisóstomo y la pastora Marcela, Valero Iriarte |
![]() |
| Retablo mayor de la parroquia de Santiago de Intza. Aparición de la Virgen del Pilar a Santiago y a los convertidos |
Antes de entrar a analizar el discurso en sí, hay que considerar algunas cosas sobre el contexto literario. Ya hemos visto cómo la puesta en escena ya deja claro quién es la protagonista de la historia, pero si conocemos algo de la tradición literaria del género de la oratoria, entenderemos mejor por qué el discurso de Marcela es tan importante y no solo por lo que dice sino por cómo lo dice.
La oratoria es un género que, al menos en la tradición occidental, se remonta a Grecia y Roma. En la Antigüedad goza de un gran éxito debido a que, en las épocas de democracia, permitía a los ciudadanos expresar sus pensamientos y opiniones. Además, en un juicio, la palabra era una gran gran arma. Pero, ¿quiénes eran los oradores? Evidentemente, en sociedades tan misóginas que la mujer ni siquiera era considerada una ciudadana, era el hombre quien manejaba la palabra. Llegó el cristianismo, luego la Edad Media, después el Renacimiento trajo el diálogo y el erasmismo (que también gustaban a Cervantes), y finalmente llegaron el Concilio de Trento y la Contrarreforma. Después del esplendor humanista del Renacimiento, un pequeño respiro de "libertad" y antropocentrismo, el Concilio de Trento vino para recuperar las viejas costumbres cristianas y con ellas la censura en la literatura. En lo referente a la mujer, se le impusieron rígidas costumbres que la obligaban a contraer matrimonio, ser fiel, estar sometida al padre, hermano, marido o cualquier familiar varón etc. Por supuesto, la mujer no tenía ni voz ni voto en nada. Hasta entonces ni siquiera los erasmistas, que para otras cosas eran bastante opuestos a la Iglesia, tenían buena opinión de la mujer, pero la Contrarreforma le quitó la poca libertad que pudiese haber tenido.
Es en este contexto de silencio forzado de la mujer en el que Cervantes coloca a una pastora en lo alto de una peña, encima de un grupo de hombres que la llaman asesina, y le hace dar un discurso. Y no es cualquier discurso, es uno que tiene características y retórica propias de los grandes oradores clásicos; o sea, algo que era poco menos que una herejía al hacerlo una mujer. Y encima lo hace para defender su libertad, su deseo deseo de ser la única dueña de su vida y sus sentimientos, y su derecho de no depender de ningún hombre, en contra de las costumbres de su época y de los cánones literarios desde el nacimiento del amor cortés. La transgresión no podría ser mayor. Ahora que estamos en contexto, podemos pasar a analizar el discurso a partir de algunas citas.
"Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo." [...] "el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, no forzoso"
![]() |
| The funeral of Chrysostom, Robert Smirke y James Heath |
Seguro que este tipo de situaciones os suenan... Para que nos entendamos, si Marcela viviese en la actualidad, este discurso sería una respuesta en el estado de Facebook de Grisóstomo, el pobre nice guy que lloriquea sobre lo malas que son las mujeres que no saben lo que quieren porque la crudelísima bestia Marcela lo ha dejado en la friendzone a pesar de lo amable que ha sido con ella. Y ya de paso, la buena de Marcela dejaría bien clara su opinión acerca del amor romántico y la cosificación de la mujer, que la convierte en un adorno sin cualidades intelectuales, solo para que su belleza sea disfrutada por el hombre.
"Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendido por ser hermosa, que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca."
"Es que vas provocando", nos dirían hoy en día. Pero la belleza no es consentimiento, como dice Marcela. Ella no tiene la "culpa" de haber nacido con una belleza conforme a un canon estético. Tampoco su físico justifica ninguna clase de comportamiento abusivo hacia ella, que para colmo ni siquiera se aprovecha de esa circunstancia para seducir a los hombres. Simplemente no le interesan ni parece que le vayan a interesar, que se hayan enamorado de ella depende única y exclusivamente de ellos mismos. Como ella misma dice, por mucho que el fuego queme, que la espada corte o que la víbora tenga veneno, de ninguna manera pueden herir a alguien que está lejos. Es más, en una cultura que valora la honestidad (castidad) por encima de cualquier otra virtud femenina, Marcela ve contradictorio que se la obligue a desprenderse de ella cuando su intención es precisamente mantenerla, aunque no por motivos estrictamente religiosos sino por reforzar su individualismo e independencia, al igual que las diosas Atenea y, sobre todo, Artemisa. Más adelante lo vuelve a reafirmar, ella nunca ha amado y tal vez nunca lo haga, pero en cualquier caso, es injusto exigirle que ame, ya que el amor si es forzado no es amor: "El cielo aún no ha querido que yo ame por destino, y pensar que tengo que amar por elección es escusado."
Es algo muy típico en la literatura de todos los tiempos que la mujer sea la culpable de los males del hombre. Somos Pandora, Eva, Helena, las sirenas... Somos portadoras de desgracias personales y públicas, por el simple hecho de ser mujeres. Y si encima somos bellas como Marcela, seducimos y matamos al enamorado al que no correspondemos. Pero Marcela es consciente de que no debe nada a nadie y tampoco piensa disculparse por algo de lo que no es responsable por mucho que su sociedad lo vea así.
"Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos."
![]() |
| Leia estrangulando a Jabba con su propia cadena |
El siglo XVII es duro para las mujeres. No hay ninguna libertad para ellas. Sus principales opciones son el matrimonio y el convento. Lo primero significa pasar de estar sometidas al padre, o cualquier varón que estuviese a su cargo, para someterse al marido en todos los aspectos de su vida; lo segundo es en parte un sometimiento y en parte una liberación, al menos intelectual, ya que era una de las pocas formas que tenían de acceder a la cultura. Las actrices llevan una vida algo más libre, lo que sirve como argumento para los detractores del teatro. Y luego está el pastoreo, idealizado por la literatura desde la Antigüedad. Los pastores viven en la naturaleza, lejos de las grandes ciudades, viajando de un lado a otro con sus rebaños... Encarnan el beatus ille. Marcela sabe que, si se queda en la ciudad, sus opciones son más bien reducidas, casi nulas, ya que la sociedad siempre le va a imponer unas normas; en cambio, la vida en el campo, en comunión con la naturaleza y apartada de la civilización, es infinitamente más libre. Para ella el pastoreo no es un disfraz ni un juego de niña rica, como lo es para Grisóstomo, sino un modo de vida. Tiene la compañía de otras mujeres, la naturaleza cubre sus necesidades básicas y además la hace feliz.
"A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que antes le mató su porfía que mi crueldad."
Desde la Antigüedad clásica, la vista tiene un papel fundamental en nuestra cultura, y más como referencia amorosa. El enamoramiento se produce al mirar a la persona amada, pero también sucede al contrario, la persona que enamora lo hace por los ojos (hay teorías bastante curiosas sobre esto, relacionadas con la teoría de los humores, según las cuales el enamoramiento se produce cuando nos entran por los ojos unas gotitas minúsculas procedentes de los ojos de la otra persona). De esta forma nacen numerosos tópicos, entre ellos el de la mirada asesina, como la del basilisco. Precisamente este es uno de los insultos que recibe Marcela, de quien se dice que es una fiera y un basilisco, como veremos en otra cita más adelante.
La mirada produce enamoramiento, pero es un enamoramiento tan repentino y ardiente como irracional, pura pasión. Lo que se opone a lo pasional es la razón, el logos griego, cuya máxima representación es la palabra. Marcela no puede controlar su belleza ni las pasiones de los hombres, pero como el lector puede comprobar leyendo este mismo discurso, es más que hábil con las palabras. Por desgracia, estos dones, el razonamiento y la palabra, no son apreciados en las mujeres del siglo XVII; más bien al contrario, la mujer estaba obligada a callar y más delante de los hombres. En el momento en el que una mujer como Marcela demuestra esta capacidad, el enamoramiento se desvanece. Seguro que a estas alturas tendréis en la cabeza esa canción de Mulán ("Mi dulce y linda flor") en la que los soldados van enumerando las características su mujer ideal de forma bastante machista y al llegar el turno de Ping/Mulán, ella sugiere el buen juicio, a lo que sus compañeros responden con rechazo.
Marcela utiliza su capacidad de razonamiento para convencer a los hombres de que ella no necesita a nadie. Como ya ha explicado anteriormente con la metáfora del fuego y la espada que no pueden herir desde lejos, ella misma no permite que quienes se enamoren de ella se hagan ilusiones. No es cruel, no juega con ellos, no los engaña, es sincera en todo momento. Por lo tanto, ante la muerte de Grisóstomo, ella no puede hacer otra cosa que lavarse las manos y defenderse de las acusaciones; no tiene ninguna culpa, ha sido él quien quien, por voluntad propia, decidió no hacer caso de las advertencias de Marcela.
"El que me lama fiera y basilisco déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata no me sirva; el que desconocida, que no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá de ninguna manera."
![]() |
| Igual que Marcela, Mérida demuestra su rechazo a las normas que la obligan casarse con alguien a quien no quiere |
"Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas. [...] Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera."
Estamos al final del discurso, que Marcela remata de una forma más bien mística. Al principio
![]() |
| Marcela, de Carlos Aranda Kafreman |
Dicho esto, Marcela se da la vuelta y se va con la misma discreción con la que había llegado. Bajo la peña, todos los asistentes al funeral quedan en silencio, aún impactados por la visión de Marcela. Algunos de ellos se atreven a levantarse en intentar seguirla, pero se detienen. Entonces, Don Quijote se levanta también y declara ante los presentes que Marcela tiene todo su derecho a ver cumplido su deseo, por lo que él, tomándose muy en serio su papel de caballero andante defensor del honor y la libertad, está dispuesto a protegerla de todo aquel que ose molestarla.
Enlaces recomendados:
Todas las citas están tomadas de la edición virtual del Quijote disponible en el Centro Virtual Cervantes. (Capítulo XIV, páginas 2 y 3).
Para ampliar la información sobre el lenguaje simbólico y los recursos retóricos del discurso, recomendamos consultar los diccionarios de símbolos de Cirlot y de Chevalier.
- El discurso feminista de la pastora Marcela
- Entorno a la "maravillosa visión" de la pastora Marcela y otra "fiction poetica"
- "Marcela, el sueño de la libertad de las mujeres", Asunción Bernárdez Rodal, en El Quijote en clave de mujer/es (paginas 423-439)
- "Ideas cervantinas en el episodio de 'La pastora Marcela' del Quijote", Santiago López Gómez
- Tres discursos de mujeres
- La querella de las mujeres y el discurso de Marcela en el Quijote
- El cuento de la pastora Marcela (Una feminazi en el Quijote)
- La moradas del castillo interior, Santa Teresa






